En este año, en el que se celebra el próximo 75.º aniversario del Estado moderno de Israel, la historia bíblica de la Tierra Prometida sienta las bases para un glorioso relato de sus orígenes milagrosos y de su testimonio perdurable ante el mundo.
A través del pueblo de Israel, Dios ha narrado la historia de los siglos, una historia sin parangón. De forma espectacular, Dios rescató a su pueblo una y otra vez de las manos de sus enemigos, tanto antiguos como modernos. Los liberó de la esclavitud en numerosas ocasiones, tal y como se recoge en las Escrituras y en las páginas de la historia. Les concedió victorias sobrenaturales en las batallas, desde la Jericó bíblica hasta la Jerusalén actual.
Dios también utilizó al pueblo judío para derramar una bendición sin precedentes sobre las naciones del mundo. Los trajo de vuelta desde los rincones más recónditos de la tierra para restablecerlos en su patria, tal y como había prometido (Ezequiel 36:24), y luego los estableció como una sociedad democrática en medio de la inestable región de Oriente Medio. Les permitió convertirse en una nación que ha aportado equipamiento de emergencia y conocimientos especializados en catástrofes humanitarias por todo el mundo, como ha sido el caso recientemente en Turquía. Su bendición sobre la tierra de Israel ha hecho que esta se convierta en un exportador agrícola de productos y técnicas de cosecha a muchas naciones, así como de numerosas innovaciones tecnológicas.
Pero quizá uno de los mayores milagros de todos sea el tamaño y el número de este pueblo a través del cual Dios ha realizado cosas tan extraordinarias. Deuteronomio 7:7 dice del pueblo judío que Dios lo eligió no porque fuera poderoso por sí mismo ni numeroso, sino que, según el versículo, era «el más pequeño de todos los pueblos».
El Señor no os amó ni os eligió porque fuerais más numerosos que cualquier otro pueblo, pues erais el más pequeño de todos los pueblos; sino porque el Señor os ama y porque quería cumplir el juramento que hizo a vuestros padres, el Señor os ha sacado de allí con mano poderosa… (Deuteronomio 7:7-8)
Se podría argumentar que Dios eligió al pueblo judío no solo a pesar de su tamaño, sino precisamente porque eran «los más pequeños», para poder demostrar que era Él solo quien había obrado prodigios entre ellos.
¡De hecho, nuestro Dios se especializa en tomar las cosas más pequeñas y convertirlas en las más grandes!
La estrategia de Dios siempre ha consistido en dotar de poder y utilizar a un pueblo remanente para marcar una diferencia trascendental en el mundo.
Piénsalo:
Dios expulsó a poderosas naciones de la Tierra Prometida para que Israel pudiera entrar en ella bajo el mando de Josué…
Dios dispersó al imponente ejército de los madianitas ante Gedeón y sus 300 hombres…
Dios derrotó a los filisteos con la única honda del joven e inexperto David…
Y Dios concedió a la incipiente nación moderna de Israel una victoria rotunda sobre los cinco ejércitos árabes que la atacaron al día siguiente de la proclamación del Estado de Israel en 1948.
El apóstol Pablo habló de la naturaleza de Dios, que consiste en utilizar lo débil de este mundo para lograr victorias poderosas:
Pero Dios ha elegido lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y Dios ha elegido lo débil del mundo para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo despreciado ha elegido Dios, y lo que no es, para reducir a la nada lo que es, a fin de que nadie se gloríe ante Él. (1 Corintios 1:27-29, NKJV)
Las palabras de Pablo al presentar este tema nos interpelan directamente a cada uno de nosotros hoy:
Hermanos y hermanas, pensad en lo que erais cuando fuisteis llamados. No muchos de vosotros erais sabios según los criterios humanos; no muchos erais influyentes; no muchos erais de cuna noble. Pero Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios… ( vv. 26-27, NVI)
Si sientes que no estás a la altura de las cosas para las que Dios te ha llamado, ¡no eres el único!
La mayoría de los héroes de la Biblia eran personas a las que habríamos descartado por considerarlas incapaces de desempeñar esa tarea. José… Moisés… Ester… David. Pero Dios vio algo más en ellos y en el pequeño pueblo de Israel en su conjunto: el potencial único de ser un pueblo que mostrara Sus obras maravillosas.
Dentro de unas pocas semanas celebraremos el Pesaj (Pascua judía), la fiesta en la que se conmemora la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto. Mientras eran esclavos en Egipto, el pueblo de Israel prosperó y su número aumentó cuanto más lo oprimían los egipcios (Éxodo 1:12). Fue el amor de Dios por ellos y su fidelidad a su Palabra, y no su propio mérito ni su poder, lo que le llevó a hacerles prosperar y a liberarlos con mano poderosa (Deuteronomio 7:8).
El pueblo que era el más pequeño de todas las naciones se convirtió en un faro de luz que resplandecía ante los ojos de todas las naciones.
¿Y qué hay de nosotros hoy en día?
Jesús también dijo a sus seguidores: «Así, los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos» (Mateo 20:16). Como creyentes que vivimos en este mundo, tanto los cristianos como los judíos somos el blanco de la persecución en todo el mundo; y aunque podamos sentirnos pequeños y débiles en comparación con los sistemas de este mundo, hay Alguien más grande entre nosotros que nos convierte en la cabeza y no en la cola. Formamos parte de una familia de fe a la que Dios ha prometido no abandonar jamás.
Incluso ante las mayores adversidades, la verdad del pacto de Dios siempre se mantendrá firme. Lo que Él ha elegido, ninguna fuerza terrenal podrá destruirlo. Bendecido con el favor de su Dios, el «más pequeño de las naciones», Israel, recibirá los tesoros de las naciones (Hageo 2:7), y Dios mismo llenará de su gloria la casa de Israel, ahora más numerosa —judíos y gentiles juntos—.


